Una de esas lecciones que aprendes a la mala.
En el principio, el primer blog que leí, y aquellos de los que lei en aquella época, eran mas diarios que otra cosa. Pedazos de pensamientos, pedazos de intimidades y cosas asi.Con el tiempo la mayoría han evolucionado y en se converteron en lugares para expresar opiniones, cada vez con menos vida privada, cada vez con menos honestidad sentimental
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Este es un fragmento que puedes ir a leer completo al blog de Verde.
El video con que inicia este post es un ejemplo claro de lo que sucede. O lo que me sucedió en mi caso particular. Cuesta trabajo entender que lo que se escribe en línea deja de ser tuyo en el momento que oprimes “post”. Aún cuando lo borres un día después, quien haya venido a leerte, lo sabrá siempre. Si lo que posteaste fue una foto, pues igual y alguien vino y se la guardó. ¿Qué chingón, no? Alguien que no conoces tiene una foto tuya. O qué pinche miedo si es alguien que no conoces todavía.
Cuando se habla de responsabilidad, no se trata de tu derecho a postear verdades o mentiras, sino de la responsabilidad propia que no viene incluída cuando “tu material” pasa a terceras personas. Un día me puse a pensar, ¿qué pedo cuando mis hijas se pongan a googlear mi nombre? Una de ellas ya está a punto de hacerlo, y me ve muy bien, y ¿qué pedo si ve una foto mía comprometedora? Sí, es cuestión de platicarlo, y a lo mejor no lo entiende ahora, pero después sí. El punto no es ese, lo que me comenzó a preocupar es, ¿qué va a pasar cuando ella tenga un blog?
Sí, es muy cagadito, escribir cosas personales, y esa honestidad y frescura fue lo que me atrajó de entrada cuando empecé a escribir. Mis primeros blogs siempre fueron íntimos, uno de ellos incluso fue como una cronología del rise and fall de mi última relación, y ahí está. Puedes sentir como la relación fue enfriándose a través de los posts.
Al final, decidí que no era sano, como ejercicio narrativo está bien, pero anímicamente terminó por drenarme emocionalmente. Sentí que no había nada más qué contar. Mis allegados y lectores supieron demasiado que llegué a sentirme invadido por una situación que yo mismo generé. Uno debe guardarse cosas. No todo está a la venta, ni todo debe compartirse.
Hay personas que desde entonces dejaron de leerme, y me lo han dicho. Ya no existe esa emoción vouyerista que antes concedía. Ni modo. Mi relación y mi familia ahora me las reservo. Contigo comparto mis gustos y mis obsesiones, pero no puedo compartirte mi intimidad. No porque no me caigas bien, sino porque ese terreno ya está reservado.
A la mala aprendí que lo que se sube a internet ahí se queda, y puedes borrar un post o una foto, pero no puedes controlar lo que el resto guarda en sus ordenadores y en sus mentes. Por respeto a mis allegados, yo tome esa decisión. Pero también respeto y admiro a quienes le siguen echando huevos y nos dejan espiar en sus vidas. El morbo intrínseco siempre lo agradecerá, y mis caprichos primeros y pendejadas siguen online, porque no creo en borrar lo que ya publicaste. Mucho me ha servido para entender mi comportamiento (sí, he regresado a leer, y me he encontrado detalles interesantes sobre la forma en que reacciono ante determinados estímulos), también he tomado mucho de esos textos y los he vaciado a cuentos, guiones y novelas inconclusas.
Esa es mi forma de ver las cosas ahora. Tú, no tienes que cambiar. Piensa en quien te lee, y luego piensa en quien te gustaría que te leyera. Al final igual terminarás pensando en quien no te gustaría que te leyera. Hoy y mañana.
